Los vinos espumantes, también conocidos en algunas zonas como champanizados, son considerados por muchos como exquisiteces. La mezcla del sabor del vino con su textura gaseosa atrae y enloquece a muchos, aparte de ser usados a menudo para dar a diferentes eventos aires de alta categoría. Pero, ¿qué caracteriza a estos vinos? ¿cómo se logra convertir lo que sería un vino común en una champaña, o una cava, o un prosecco?

La ciencia detrás de esto proviene del proceso de fermentación, al cual todos los vinos son sometidos como parte de su producción. Este proceso, además de otorgar a los vinos el alcohol que muchos aman, trae consigo una serie de reacciones químicas. Una de ellas es la liberación de dióxido de carbono en el líquido. Ahora, si bien este proceso ocurre en todos los vinos, a los espumantes les hacen algo muy peculiar: En lugar de ser almacenados en barriles durante todo el proceso (conocido como fermentación principal y secundaria,) los espumantes se suelen embotellar temprano, apenas al pasar la primera fermentación.

Es este embotellamiento temprano el que le otorga las burbujas al vino. Cuando un vino se mantiene en un barril durante todo el proceso, el dióxido de carbono que es liberado durante la fermentación escapa al aire. Pero, cuando se mantiene en una botella sellada, el gas no logra escapar al medio ambiente y, gracias a la presión interna de la botella, se mantiene ligado al líquido hasta que la botella es abierta. Es por esto que los vinos espumantes suelen poseer burbujas únicamente al abrirse, ya que una vez expuestos al medio ambiente el dióxido de carbono escapa y, apenas un par de horas después, se puede notar una diferencia.

Aparte de este embotellamiento, existen otros detalles únicos de cada tipo de espumante, pero el paso que todos comparten (y el que los hace espumantes) es éste: Evitar que los gases liberados como producto de la fermentación secundaria escapen al ambiente.