A la hora de elegir un vino, usualmente se encuentra de inmediato la pregunta que muchos temen: ¿Qué tipo de vino desea? Esto se debe a que los vinos, a diferencia de otros licores, tienen varios grupos muy bien delimitados y diferentes, cada uno con sus propias fortalezas y debilidades. Además, la mayoría de los conocedores del vino suelen preferir alguno sobre los demás, pero… ¿en qué se diferencian estos, aparte del color?

Como hemos mencionado, el color es el principal diferenciador de los vinos, principalmente porque nos permite saber con sólo mirarlos qué tipo de experiencia tendremos al tomarlo. Así, los tres grupos grandes son:

  • Vino tinto: El más común y más amado de los vinos, al punto que existen entusiastas que se niegan a beber cualquier vino que no sea tinto. Su color viene por el tipo de uvas utilizadas para producirlo, en este caso uvas negras, cuya piel se mantiene en la mezcla durante el proceso de fermentación. El sabor se diferencia por la alta presencia de taninos, que le dan un sabor seco y ácido. Se suelen utilizar para acompañar platos fuertes, sobre todo las carnes rojas.
  • Vino blanco: A diferencia del tinto, suele tener poca pigmentación, o incluso no tenerla. Casi siempre son hechos con uvas verdes, aunque en ocasiones se pueden hacer con uvas negras. Suelen ser más dulces y suaves que los tintos. Suelen utilizarse para acompañar carnes blandas, pastas, y vegetales.
  • Vino rosé: Conocidos por su color rosado, son producidos con uvas negras, pero limitando el contacto con la piel para evitar la pigmentación excesiva. En ocasiones se crean mezclando vinos blancos y tintos. Suelen ser dulces, aunque algunas de las variaciones más premiadas son en extremo secas.

Aparte de estas tres categorías principales, los vinos pueden categorizarse como espumantes o de sobremesa. Los espumantes se caracterizan por contener gases, como la champaña, y los de sobremesa por su intenso sabor dulce.