Seguro todos lo han pensado alguna vez, o al menos han tenido la duda: ¿Cómo se hace el vino? ¿Qué tan fácil o difícil resulta producir esta bebida?

La respuesta, como es de esperar, es compleja. Porque si bien el vino es en esencia jugo de uva fermentado, la verdad es que el proceso es bastante más complejo que simplemente extraer el jugo y dejarlo fermentar por unos días o semanas. De hecho, el proceso para hacer el vino suele empezar desde la siembra de las uvas.

Siembra que, por cierto, es importante. Mientras mejor se mantenga la viña, de mejor calidad serán las uvas – y no toda viña es igual. Algunas son notoriamente difíciles de mantener, particularmente si se desea una cosecha de alta calidad.

Una vez se ha cosechado la uva, se procede a extraer el jugo o la pulpa. Para el vino tinto se suele usar la pulpa junto con la piel, mientras que para el blanco se utiliza únicamente el jugo de la uva. Este proceso varía según el vino.

Luego se procede a fermentar este producto. En ocasiones se le agrega levadura a la mezcla para apresurar el proceso. Este proceso toma una o dos semanas, y durante el mismo el azúcar de las uvas se convierte en alcohol.

Una vez que termine la fermentación primaria, se exprime el producto para obtener únicamente el jugo, desechando los restos de pulpa o piel. El vino se mantiene en un lugar cálido, y se le permite seguir fermentando.

En este punto, si se está produciendo vino tinto, se procede con la conversión malo-láctica. Esto consiste en poner el tinto en barriles de roble, y dejarlo madurar por semanas o meses, para permitir que su sabor se suavice.

Después de esto, se procede a clarificar el vino y embotellar. Suele entonces esperarse entre uno y cinco años para el consumo, de tal manera que el vino termine de desarrollar su sabor.